martes 2 de junio de 2009
Temblor de piernas
jueves 28 de mayo de 2009
LA MIRILLA
Tras la muerte de mi tío Emilio adquirí diez libretas cuadriculadas que le habían servido de diarios en sus 47 años de agorafóbica vida. Me han cabido en este folio los pocos acontecimientos memorables de sus tímidos diarios: 6 junio de 1970: Rosa llevaba mochetes para ir al colegio, la prefiero con el pelo suelto. Ya no la envidio porque pueda jugar con otros niños. Envidio a los otros niños que pueden jugar con ella. 9 de septiembre de 1971: Han vuelto de la playa papá y Ulises. Papá ha gritado a mamá. No echo de menos la playa. Hace ya tres años, me lo ha dicho mamá, que no salgo de casa. Tengo un recuerdo borroso del agua salada, la arena y el sol. 10 de enero de 1973: Esta mañana me caí de culo del taburete. Papá vino de improviso. Ha descubierto mi afición y me ha dicho que es horrible, que soy cotilla y un espía. He pasado el día llorando. 31 de marzo de 1973: Rosa se ha quedado parada un momento mirando mi puerta. Me he puesto nervioso, a lo mejor podría verme. Sus ojos son verde oliva. 24 de agosto de 1974. Mamá nos sentó en la cama para decirnos que papá no regresará. Asegura que se ha ido al extranjero. Ulises me ha dado un puñetazo, porque dice que es mi culpa que papá se haya largado. 2 de septiembre de 1974. Rosa ha venido a casa con su madre. Ellas hablaron en el salón un buen rato. Yo enseñé a Rosa mis libros y tebeos. Le pregunté por el colegio y se ha pasado horas hablándome de sus aventuras y sus amigas. No podía dejar de mirarla. No le he contado por qué nunca salgo de casa, ella tampoco se ha atrevido a preguntarlo. 5 de septiembre de 1975. Rosa se ha acercado a mi puerta y la ha besado. Me he pegado tanto a la madera que he olido sus labios. 10 de noviembre de 1975. Mamá me ha contado que la madre de Rosa se ha ido con sus dos hijas. Se ha divorciado. Rosa no se ha despedido. 5 de marzo de 1985. Ulises se casó ayer. Con cierto orgullo y alegría le vi irse trajeado a la iglesia. No parecía decepcionado porque yo no haya ido a su boda. Mamá sí ha estado triste, he reconocido cómo se le escapaba una lágrima de amargura. 6 de abril de 1989. Esta mañana creí que mamá había madrugado para ir a caminar. Dos horas después he entrado a su habitación y estaba dormida, sin vida. 7 de abril de 1989. Todos me han odiado por no ir al entierro de mamá. Sólo ella lo hubiera entendido. Hasta papá ha venido. Vino porque mamá ya no puede echarle nada en cara. 10 de abril de 1989. María, mi cuñada, me ha hablado casi dos horas, me ha convencido para que la deje echarme una mano, traerme comida. Ulises tuvo suerte con ella, también yo. 19 de febrero de 1990. He visto a un desconocido con una escopeta subir las escaleras hasta el ático. Han sonado cinco tiros y gritos, y el tipo ha bajado con salpicaduras de sangre en la cara. 21 de febrero 1990. Me ha visitado una desconocida, una mujer mayor. Me ha dado las gracias por llamar a la ambulancia, esa gente llegó a tiempo y salvó la vida de su hija, no la de su yerno. El que disparó fue un moroso borracho. No he sido muy amable con la mujer. Nadie lo sabe, pero me sé responsable de la muerte de ese hombre. Debería haber llamado a la policía en cuanto vi al tipo subir armado. Al menos debí salir a protegerles. 30 de enero de 1995. Una niña igual a Rosa ha subido corriendo las escaleras. Luego ha llegado su madre. Era ella, era Rosa. Se ha quedado mirando mi puerta, sonriente. ¿Me habrá oído respirar? Ha tocado el timbre, he temblado, he llegado a rozar la manivela, pero no he podido abrir. Estaba preciosa. 19 de diciembre de 2000. Cada día me cuesta más levantarme de la cama. María insiste en que me quede acostado, mi salud no es la que era. De todas maneras queda poca gente que transite por la escalera. 20 de marzo de 2001. Llevo un mes sin levantarme, pronto saldré de casa al fin. De momento paso los días releyendo las páginas de estos diarios, recuerdo cada paso de cada persona en esa escalera. Esa es la última anotación. El entierro de mi tío Emilio ha sido íntimo y breve. Me intrigó en su funeral una bella mujer que le lloró desconsolada, deduzco que era la tal Rosa.
miércoles 17 de diciembre de 2008
Nuestras caídas y levantares
En nuestro primer encuentro Alicia vio más de mí de lo que yo hubiera deseado. Vio una parte de mi interior. No estoy hablando en sentido metafórico, vio mi peroné asomando blanquecino y rojizo.No pude rectificar la caída ni protegerme con los brazos, desequilibrado terminé rompiéndome. El sonido del golpe y mis gritos de dolor despertaron a una buena vecina anciana que llamó a la ambulancia, de la cual descendió una angelical Alicia.
Hablamos mientras me atendía, para distraerme del dolor sé ahora, y mientras me trasladaban al hospital. Me tomó por adolescente primero, y se sorprendió y decepcionó después cuando le confesé que cuento 24 años, uno más que ella.
Intenté convencerla de que no era yo un vándalo, un gamberro, ni un vago que miraba pasar los días, pero me faltó tiempo para hacerlo en el camino que lleva al Hospital. La convencí sin embargo para que me confesara cual era su bar de copas habitual, en donde la sorprendí el sábado en la noche con muletas y escayola.
Se dejó obligar a tomar un mojito en la barra, a solas, rodeados de sudados escupidores de humo y saliva, no era ese mi hábitat natural, me excusé para que entendiera mi timidez. Al hacer uso de su turno de palabra me reprendió por no estarme en casita calentito reposando. La causa de mi temeridad merece la pena, le expliqué, pareces acostumbrado a temeridades, respondió Alicia.
Tozudo y concienciado de que merecía el esfuerzo, en quince minutos de monólogo le detallé que no hice yo aquel arriesgado salto por ser un ladrón, ni un loco, ni un descerebrado, ni por ir drogado ni mamado; sino por entender el parkour como una forma de vida. Comencé en ello sin saber que esta historia tenía nombre. Saltaba los escalones de mi edificio primero de tres en tres y luego de diez en diez. Aprendí a rodar por el suelo, a caminar con las manos y hacer volteretas por mi cuenta y riesgo. Luego lo olvidé y me dejé llevar unos años por la vida que supuestamente debemos llevar, arrastrado por el río de sacarme el bachillerato, aprobar una carrera inútil y luego no encontrar trabajo. Fue estando en el paro que descubrí en uno mis continuos paseos a un grupito de adolescentes despeinados que saltaban bancos y corrían sobre coches y farolas. Me reencontré, descubrí que aquellos botes de mi infancia tenían un sentido. Vi la ciudad de otra manera. Los bancos, edificios, farolas, papeleras, bordillos, rampas, escaleras, paredes, barandillas. Yo soy un animal y éste es mi bosque. Los instintos nos llevan a interaccionar con el medio, a apoderarnos de él. Interactuar, saltar, hacer acrobacias entorno a la ciudad, es una forma de entender el medio como un complemento nuestro, una rebeldía contra la pasividad, el dejarse subir con ascensores, el arrastrarse por las multitudes caminantes, el cruzar por pasos de peatones, el ir en coche o en bus, el no ser niño sino adulto aburrido. Esto no es vandalismo, sino deporte y filosofía, se trata de superar obstáculos, de ir en línea recta sin que nada se te interponga, y entretanto mejoro mi cuerpo, me entreno, busco el equilibrio, la perfección de los movimientos, el dinamismo frente al inmovilismo, la estética y la belleza con cada salto y acrobacia, y sobre todo, busco estar vivo, divertirme, y dejar la pena y el sedentarismo para cuando esté muerto.
Abrumada por todo este discurso, me preguntó sobre lo último, y si tanto necesitas la actividad ¿qué vas a hacer con la pierna rota? ¿no te aburrirás? De momento estoy aquí contigo, sonríe, pero además sigo entrenando y haciendo ejercicio con los brazos y la otra pierna.
Quiso ver lo que ella llamaba mi arte (no lo entiendo yo como arte sino como vida), le dije que difícilmente podría mostrarle algo en mis circunstancias, y recordé luego que me había grabado en video en dos o tres ocasiones por tal de ver yo mismo cómo progresaban mis movimientos. Creyó que se trataba de una estrategia para conducirla a mi casa, y me pidió que le diera alguna dirección web para verlos. Le expliqué que no me había grabado a mí mismo para exhibirlo públicamente en Internet, por ello entrenaba de noche, cuando nadie miraba. Pareció creerme, me salen mejor las verdades que las mentiras, y me acompañó a casa. Buena parte del paseo que pasé apoyado en su hombro, oliendo su cabello y apoderándome de su calor corporal, contesté a todo lo que le inquietaba sobre mí. ¿De qué vives? Mi padre fue un empresario de gran fortuna que murió junto a mi madre hace cinco años en un accidente de avión y me dejó una gran herencia de la que puedo vivir sin trabajar. ¿Qué estudiaste? Filosofía. ¿Tienes novia? Tuve una, a los trece años, me dejó por otro chico más feo sólo porque él tenía el pelo largo, ya no me enamoré más. ¿Tienes coche? Bicicleta, gasto muy poco, y contamino aún menos. ¿Por qué no te has interesado por mi vida, no sabes nada de mí? No necesito preguntarte, me contarás lo que quieras contarme, aunque si lo deseas te puedo preguntar. Ya sé todo lo que necesito sobre ti, me basta con mirarte, eres un libro abierto, por eso me enamoré desde que te vi. ¿Sólo porque soy guapa? No, por algo distinto, por cómo miras a la gente, por cómo hablas, y por la sinceridad de tus sonrisas.
Asombrada por los movimientos que vio en mi ordenador, mi hizo creer en mi filosofía de vida, en que mis acrobacias tienen un sentido, y mis saltos una proyección más allá de mí mismo. Me negó esa noche un beso, y también otras muchas noches. A cambio me dejó abrazarme a ella en múltiples paseos, y me ayudó en mi rehabilitación.
Pasaron meses, al fin se curó mi escuálida pierna, y al fin accedió Alicia a besarme y mostrarme tal cual es su cuerpo. Le gustó mi filosofía, mi vida, y quiso ponerse en forma conmigo. Nos escapábamos en las madrugadas heladas y corríamos a lugares ninguneados, a parques olvidados, y almacenes exiliados. Aprendió rápido algunos de mis movimientos básicos, trataba yo de prevenirla, pero quería ir más rápida que su cuerpo en su evolución.
Fue por este motivo que en un fatídico salto de 360 grados el equilibrio se le fue y la cabeza se le estampó contra el suelo abriéndose cual melón partido. Me arrodillé ante ella viéndola con la mirada vacía, los ojos en blanco y los cabellos enredados en el rojo charco, viendo su interior. No sabía yo qué me pasaba en los ojos, no podía parar de llorarla, no recordaba ya cómo era aquello de soltar mares de lágrimas, no había sollozado nunca ni por mis padres. Pero esta vez era como verme morir a mí mismo, veía morirse a quien me había completado, quien me había hecho real, la única persona que había comprendido que no era yo de ninguna tribu urbana, ni ningún perdedor de minutos y horas, la única que me había mirado tal cual y aún así me había querido, era yo quien se moría.
Mis lágrimas se derramaban por su cráneo partido y la cortina de lloro me dejó ver turbiamente cómo la mente, el corazón, el alma, o el entendimiento me jugaban una mala pasada, mostrándome un milagro. Los sesos, huesos, pieles y borbotones rojizos esparcidos, todo ello humedecido, encharcado en mis lágrimas, se reunía cual tribu de hormigas en torno a un pedazo de pan tierno, formando una única masa compacta y recomponiendo la cabeza de mi querida Alicia, cuyos ojos recobraron la vida y clavaron en mis ojeras llorosas. La abracé, alegre, feliz, incrédulo.
Todavía hoy guardo un resquicio de duda acerca de nuestro secreto milagro, y me reservo para los adentros el temor de que cualquier día me comuniquen que estoy loco y Alicia no existe, o que fue todo un sueño, o que nunca murió y me imaginé toda aquella sangre; de cualquiera de las maneras disfruto de nuestros días y sé que tengo motivos para mantenerme optimista, para esperar un milagro, incluso en los momentos más difíciles y terribles.
martes 2 de diciembre de 2008
La última foto
He sabido esta semana que tal vez este año sea el último que pases privada de libertad. Sigues siendo para mí una hermana y espero que nos reencontremos pronto y nos hagamos una nueva fotografía. No importa que para mamá ya no seas su hija, sueño con verte pronto, no tendrás que darme explicaciones, no quiero respuestas, sólo recuperarte. Tampoco me pidas tú el olvido, como te he dicho, no creo en el olvido, creo en ti sin embargo, en que has pagado, has pensado, has enfermado y te has sanado, creo en el perdón, creo en que las personas se equivocan y aprenden, cambian, evolucionan, mejoran, creo en ti, y creo en que algún día llegues a perdonarte. Tu hermana. Siempre.
jueves 23 de octubre de 2008
Devoradora de objetos
¡Los está matando a todos! Los está borrando, los está haciendo desaparecer. Casi ni nos hemos enterado, y ya quedan muy pocos. Ya casi nadie lee libros, nadie los mima, ni almacena, ni regala, están en extinción. Se acabó la gente que olía la tinta de los periódicos y se lamía las puntas de los dedos para pasar la página. No hay adolescentes que desembalen con ansia los vinilos ni limpien con esmero la aguja del tocadiscos por tal de no rallar a los Rolling. No vibran ya los dados en la mano mientras el jugador mentaliza un número, lo reza, y luego los oye rebotar sobre la mesa. Ya no se sorprenden los niños ni envidian a los adultos cuando barajan las cartas, ni estos segundos se emocionan al sacar de un cajón los naipes y oler el polvo que se ha hecho parte de ellos. En los bolsillos ya solo hay manos, nadie guarda monedas, ni billetes, ni los coleccionan en cajas de lata, que ya tampoco existen. ¿Qué fue de las canicas y de las peonzas? Dejaron hace mucho tiempo de pintar figuritas de guerreros que compartirían después con los amigos representando batallas y aventuras sobre el tablero. Desconocen el tacto de una raqueta y no logran imaginar cómo sonaba una pelota al chutarla con el empeine, ni a qué olía el césped cuando lo mordían en una caída. Desaparecieron los álbumes de fotos y los carretes y los cuartos oscuros. Se comió los lápices de colores, las pinturas, los pinceles y los dibujos colgados en las neveras. Ya casi nada puede tocarse, y los objetos que restan, carecen de artesanía y afecto. Sólo quedan herramientas tecnológicas, de plástico y metal. Ella devoró todas las cosas, se comió su esencia, su alma, y nos devolvió reconstrucciones inertes de imágenes y sonidos con las que nosotros, idiotas, quedamos hipnotizados. Pero ya no somos felices, ni sabemos sonreír. Cuando atrapó en sus redes digitales las almas de todas las cosas, también robó una parte fundamental de nosotros.
jueves 18 de septiembre de 2008
Cuento de amor con detalles
Encantada se llevó el libro a casa, y también el paquete en que había estado envuelto. Tenía que ser capaz de averiguar quién era su dueño, algún dato tenía que haber por alguna parte. Había sido envuelto de forma austera, como para enviar por correo, no como para un regalo. Iba en un paquete cubierto con precinto, como para dificultar la labor a los husmeadores. Ningún nombre, ni dirección, ni matasellos por ninguna parte. Hizo una fotografía mental, recordó cómo estaba envuelto, y no vio ningún hueco en donde escribir una dirección de correo, por lo que no podía tratarse de un libro envuelto para enviar por correo, ni tampoco para regalar (no era papel de regalo). Así cobró fuerza la teoría de que aquel paquete hubiese sido abandonado voluntariamente en la caja 37 y no se tratara de un despiste.
¿Qué podría pretender quien dejó allí el libro?
En casa Teo analizó el libro a fondo, lo hojeó, lo volteó, buscó alguna carta, alguna señal, alguna pista, y no había nada. Tendría que leerlo, se resignó, por si daba con alguna pista. El libro era un viejo tomo titulado El final de Norma, firmado por Pedro Antonio de Alarcón. Pese a que la edición era de hacía 20 años, el original había sido escrito en el siglo XIX. Si alguna literatura hubiera interesado a Teo, no iba a ser aquella tan antigua, pensaba Teo resignada a tener que leerlo. La obra, que comenzaba hablando de un violinista, apenas interesaba a Teo, aunque admitía que estaba tan bien escrita que algunos pensamientos le tocaron la sensibilidad, como aquella metáfora entre sueño y muerte: "el sueño, hermano menor de la infalible muerte".
Sin embargo terminó de leer la obra desorientada, decepcionada por no haber dado con ninguna respuesta a sus interrogantes. Y su anhelada explicación llegó como llegan a veces las cosas importantes, de manera casual, involuntaria. Había dejado Teo el libro, rendida, sobre la mesita entre los sofas, y se hallaba plantada frente a la tabla de planchar cuando se le escurrieron unas bragas hasta el suelo. Fue tras ellas y al alzarse leyó una vez más el título de la portada del libro El final de Norma. Leyó el título como cuando leía jeroglíficos y acertijos, y dijo en voz alta El final de Norma es la "a" y la "a" es la primera letra de nuestro alfabeto, es el principio. Por tanto la respuesta, si es que esto es un acertijo, está en el principio. Ansiosa se fue hacia el libro, arrodillada aún y con las bragas limpias arrugadas entre sus dedos. Buscó la primera página, nada susceptible de contener una clave había allí, por mucho que lo leyó en todos los sentidos y direcciones posible. Y pensó que no es el principio la primera página, sino la portada. La palpó y manoseó, y encontró una grieta entre plástico y cartón, abrió la cubierta, metió sus uñas y extrajo algo duro y plastificado, aunque muy fino. Era un disco compacto sin nada escrito.
Lo revisó y se maldijo por no contar ella con ordenador, y pensó que tal vez fuera un disco musical. Sin suerte lo probó en su equipo de música y luego se resignó a tener que llevarlo a algún ordenador. Esa misma tarde salió a un cybercafé, pagó una hora de conexión a Internet por anticipado, previendo que podría contener algún otro mensaje oculto el cd. Excitada como estaba, ansiosa por llegar al final del enigma, se le escurrió el disco hasta tres veces de entre los dedos antes de introducirlo en la computadora. Abrió el único documento existente en el disco, era archivo de texto, pero al abrirlo descubrió que estaba en blanco.
Pasó diez minutos observando la pantalla blanca y preguntándose que querría decir nadie grabando en un disco un archivo en blanco. Quinceañeros y ciberseductoras cincuentonas pasaban a sus espaldas y dedicaban intrigadas miradas a su blanca pantalla y sus ojos penetrados en la luz, absortos. Se le ocurrió trastear con el ratón cuando ya casi estaba desesperada y no hallaba respuesta en el blanco, y con el puntero señaló las lineas en blanco de la página. Al hacerlo iba amaneciendo una nerviosa sonrisa en el gesto de Teo, al subrayar esas líneas con el cursos descubrió unos caracteres ocultos, habían sido escritos en color blanco sobre fondo blanco y habían permanecido por tanto desapercibidas.
Sin embargo no eran letras del alfabeto occidental, sino que se trataba de extraños símbolos: aviones, flechas, círculos, bolas de billar... ¿qué significaba?
Esta incógnita que hubiera resultado sencilla para cualquier persona habituada a trabajar con ordenadores y procesadores de texto, resultó costosa en su resolución para Teo, así tuvo que pagar una hora más por utilizar Internet, aunque ella sólo requería la utilización de la computadora, sin necesidad de conexión, convencida de que las respuestas debían estar en su mente. Así al fin se le ocurrió algo tan sencillo como cambiar el tipo de fuente de aquellos símbolos, utilizó la habitual taims niu roman en color negro y descubrió un breve mensaje oculto:
"Si deseas quererme, encuentrame cuando estés plena, mira a la tierra desde sus más negras aguas".
Se le iba el corazón del pecho, se acercaba a la resolución. Sus sospechas habían sido ciertas, alguien habíadejado a propósito el libro en la caja 37, alguien había escondido ese cd con la frase oculta para que otra persona la hallara. Teo pensaba que nadie más que ella se habría tomado tantas molestias por resolver un misterio aparentemente inexistente, ella tenía que ser la persona adecuada, precisa, a la que alguien tan meticuloso estaba aguardando. Anotada la frase en un papel, también ensu versión de símbolos, se marchó satisfecha, fantaseando sobre cómo podría finalizar el juego. Una parte de ella no quería resolver todavía el significado que escondía el texto, estaba impaciente y también temerosa de que acabara el juego, como un niño que no desea abrir todavía su último regalo de navidad, quiere conservar la emoción algunos instantes más. Pero ya en casa, lee cada palabra de nuevo y la oración en su conjunto.
Mientras Teo saboreaba su acertijo soñando a qué nuevo laberinto le llevaría y, sobre todo, a quién hallaría tras él, Rosario se percato de algo que llevaba meses, quizás más de un año, sospechando: perdía vista. Se dio cuenta cuando tuvo que acercarse al televisor para averiguar que el rótulo que había impreso bajo el busto de una cincuentona rubia de bote informaba acerca de que ésta le puso los cuernos a su marido con su cuñado. Así se vio que estaba en mitad del salón plantada leyendo las letras que desde el sofá no había alcanzado a leer, y supo que no era la primera vez que repetía ese acto de manera inconsciente. Nunca había llevado gafas, nunca las había necesitado, se dijo, tampoco había tenido que leer ella mucho, ni se había visto obligada tampoco a trabajar con el ordenador. Así fue que se dirigió a una óptica en la que la convencieron de que hasta iría más guapa con aquellas dulces gabanas, y de que era tanto su astigmatisco y cierta miopía, que debería adornar con ellas su rostro y sus orejas a diario, para mayor seguridad incluso ¿cómo podía andar usted tranquila por la calle con ese astigmatismo, sin que la atropellen ni le den dolores de cabeza? La había alarmado la ópica. Así la asustada y obediente Rosario, aún sin estar muy convencida de que aquellos cristales empastados la favorecieran, se puso el artilugio y no se lo quitó más que para ducharse y dormir. No le había convencido primero el agresivo diseño de las gafas, con dos grandes patas blancas atravesadas por una línea negruzca, esto es demasiado llamativo para mí, sí, por eso le sientan tan bien, ¿no tiene ganas de llamar la atención sobre usted? Y se quedó plenamente convencida. Y el destino está entrelazado de tal manera, y las suertes de cada individuo se entrecruzan tanto, que este pequeño incidente desencadenó un nuevo devenir en el destino de Teo, y también de Rosario. Animada por la propia Teo, y también por otras compañeras de trabajo que le habían hablado a Rosario sobre cuánto la favorecían las gafas, se lo terminó por creer y apenas se las quitaba ni para limpiarlas. Así comenzó a percibir todo lo quese había perdido, era cierto, se dijo, que me faltaba agudeza visual, pero no me había percatado porque yo siempre había visto el mundo de esta turbia manera. Se volvió más observadora, percibía cada pequeño detalle y eso le cambió la vida. Fueron sus primeros pasos como de los míticos cavernosos platónicos que se vieron cegados bajo la todopoderosa luz blanquecina. Pero luego se adaptaron sus ojos a la nueva claridad, se le pasaron los mareos y despertó a un mundo de detalles antes invisibles. Vio tantas nuevas realidades y se volvió tan perspicaz, que no le fue difícil detectar que Teo le escondía algo. Le había preguntado Rosario acerca de aquella taquilla misteriosa y la respuesta de Teo fue que ya no había tal misterio, que simplemente alguien había olvidado allí un libro intrascendente. En otras circunstancias le habría bastado a Rosario la respuesta, perodetectó que parpadeaba y miraba a otro lado Teo cada vez que deseaba ocultar algo, y apreció que había comenzado a utilizar un nuevo color de pintalabios, el rojo ruso, había optado por lentillas en lugar de gafas e incluso asomaban coloretes espolvoreados en sus mejillas. ¿Quién se quedó el libro? preguntó Rosario, yo, contestó Teo, pero es aburrido, no aportada nada, ni siquiera he terminado de leerlo. ¿A no? ¿Y podría leerlo yo? Igual a mí me gusta. Está bien, pero te advierto que te aburrirás como una ostra, contestó Teo valorando lo poco probable que era que descifrara alguna clave Rosario, menos aún si le dejaba el libro desprovisto del cd. Y en efecto no fue capaz Rosario de acabar la lectura, pero hizo una acertada deducción: Teo me oculta algo relativo al libro, y esto coincide con que de pronto se acicala en exceso. En el libro quizás había algo más, algo oculto, un mensaje, quizás de algún solitario en busca de mujer. Un mensaje que haría que una solterona como ella, una solitaria como, perdiera la cabeza y cambiara la vida, se arreglara y vistiera como si fuera a hallarlo en cualquier esquina. ¿Se habrán encontrado ya? No creo... pero de cualquier manera, es a mí a quién tendría que estar aguardando ese hombre, porque soy yo quien descubrió la taquilla y no ella. Teo se me adelantó, me ha traicionado, era arrepentimiento, temor y traición lo que había en su mirada cuando le pregunté por el libro, ahora lo veo tan claro que me ofende no haberme percatado antes. Tengo que arrebatarle a mi hombre, se dijo. Y desde entonces procuró hacerle un seguimiento exaustivo a Teo. La espió a cien metros de distancia con su vista de pájaro y vigiló adónde iba cada día después del trabajo y de dónde venía antes. Nada fuera de lo habitual le acontecía a Teo, aún así no pensaba darse por vencida Rosario.
No había detectado nada en las rutinas de Teo porque ésta no las había cambiado, aún, pero soñaba con hacerlo pronto. Aguardaba un día, una noche, una hora y un lugar muy concretos, los aguardaba con impaciencia. Había resuelto con tanta facilidad el último acertijo que le había sabido a poco, se había planteado incluso que hubiese algo más enrevesado, pero no, no podía haberlo. "Si deseas quererme, encuéntrame cuando estés plena, mira a la tierra desde sus más negras aguas". No dejaba lugar a dudas, la esperaría en la próxima luna llena, de espaldas a la misma, en el pantano. Allí le encontraría, y allí le encontraría a él desde que anocheciera.
Supo Rosario cuándo había llegado el día del encuentro porque no sólo se había acicalado como últimamente lo hacía Teo, sino porque además llevaba un vestido nuevo (cuando siempre había sido Teo de vaqueros anchos y camiseta). Rosario, desde que vio cómo vestía Teo, tuvo unas horas de margen en las que fue a comprar un vestido idéntico, se hizo un peinado similar y se pintó los labios de rojo. Se vio atractiva, incluso con las gafas, hacía años que no lucía así frente a un espejo. Salió del trabajo Teo y no sintió cómo Rosario le seguía los pasos. Iba esta última sonriente, nervioso, imaginando lo que iba a acontecer. Tenía que esperar a llegar a una calle más oscura, con menos gente, se acercaría a Teo, la cogería de los pelos y la tiraría al suelo. Allí la patearía hasta que lo confesara todo, hasta que dijera cómo la había traicionado. Después le arrancaría a maporros dónde era el lugar de la cita, y confirmaría sus sospechas de que se trata de una cita a ciegas. Le patearía la boca hasta saltarle dos o tres dientes y como colofón le abriría los morros y le escupiría en la campanilla. Culminada la venganza, tomaría lo que es suyo presentándose en el lugar de la cita, vestida como Teo previendo que hubiesen tomado contacto antes y hubiese descrito su atuendo. Incluso le había venido bien ponerse gafas reciéntemente, ambas las llevaban puestas, aunque eso sí, las mías son mucho más estilosas y originales, se dijo Rosario. Reía sola imaginando todo esto tras los pasos de Teo.
Pasaban por un barrio obrero, llevaban seis minutos y medio caminando y estaban en un lugar idóneo, poco poblado a esas horas y con farolas fundidas. Iba recortando distancias respecto a Teo la perseguidora. Hacía crugir Rosario los nudillos y los dientes, llevaba zapatos de tacón con punta endurecida, perfectos para patear cabezas. Sólo las separaba una calle, Teo estaba a un lado de la calzada y Rosario al otro, tras ella, sólo tenía que cruzar y machacarla. Puso el pie izquierdo sobre asfalto, luego el derecho, y el izquierdo dio un paso en el aire, todo su cuerpo flotaba, iba girando, perdiendo el centro de gravedad, con el rostro amoratado por el golpe contra la luna agrietada del yundai cupé que acababa de arrollarla. A Rosario le había resultado imposible ver el coche, la pata de las gafas que tanto habían agudizado su vista, habían bloqueado un punto de su campo de visión, justo los laterales. Como burro que sólo puede mirar al frente, necesitaba ella girar toda la cabeza para ver al coche que venía, y su cabeza enfocaba a Teo que la precedía, centrada en cómo apalizarla.
El conductor del coche ni si quiera frenó hasta que la hubo golpeado y arrastrado diez metros, nervioso al ver a la aparatosa mujer estampada contra su recién tuneado coche, no le surgió el instinto de frenar hasta pasados un par de segundos. Así que Teo no escuchó el frenazo y prosiguió su camino ajena a lo sucedido, ignorante de cuánto podría haberle cambiado el destino de no haber pasado un coche por ese lugar en ese instante.
Convencida de hallarse en su clímax, en la cumbre de su historia vital, sumergió los pies en la lámina lúgubre de agua que a esas horas reposaba en el pantano, y cerró los ojos dando la espalda a la luna llena esperando que llegara su desenlace. Duda un segundo, luego repasa sus deducciones, las aguas más negras. El negro es la ausencia de color, sólo en la noche nada salvo la negrura y la luna llena, se refleja en el agua. Sólo este punto hay una casi absoluta ausencia lumínica y de tonalidades, no hay posibilidad de errar en el lugar.
José Mapuche hastiado de su mundo solitario de lecturas, música y acertijos que no tenía con quién compartir, cansado de la imagen que le devolvía el espejo, tomó una decisión trascendental en su vida. Confió en el destino para encontrar a alguien con quien compartir la vida, alguien que le quisiera. Envió, metafóricamente hablando, un mensaje en una botella. Dejó su código en un lugar que cualquiera podría hallar, pero tendría que ser alguien con un especial interés por desvelar misterios, con ansia por conocer. Ese mensaje cifrado, aunque con sencilla solución a su parecer, conduciría directamente al lugar dónde él aguardaría esa compañía. Se había propuesto que si nadie descubría su mensaje, si nadie le encontraba, era que el destino deseaba conservar a José Mapuche solo y desgraciado. Y por tanto, dado que él ya no deseaba seguir viviendo así, tendría que tomar una decisión drástica. Los humanos somos seres sociales, se decía, y necesitamos alguien a nuestro lado, un alma que nos complete, se decía en las noches que no podía conciliar el sueño añorando a sus difuntos padres.
Sus ojos lloraron cuando en esa noche de luna llena contempló a Teodora descalza, metida en el agua negra, aguardándole. Quiso correr hacia ella y ya no soltarla nunca. Pero una terrible idea sobrevoló su mente. Si me quieres búscame, había venido a decirle él en su código oculto, y ella le había encontrado. Pero querer no es amar. No le conoce, sólo le imagina, no puede amarle, sólo desearle, ansiarle, anhelarle, y todo ello porque no lo conoce. En el momento le conociera dejaría de quererle, él lo sabía, estaba convencido, nadie podría quererle después de mirarle a la cara y conocerle. Y sería más insoportable todavía para José Mapuche saber que ha encontrado a la persona idónea, a su mitad, que el destino le plantó en los morros a la mujer con quien compartir la vida y que ella le rechazara después de verle. La miró, contempló su cabello ondeando en la oscuridad, la vio abrazándose a sí misma helada de frío en la madrugada, buscándole con la mirada, y la quiso, la amó y se marchó. La dejó allí, muriéndose de frío y de tristeza. No puedo suicidarme, se dijo José Mapuche, el destino me ha retado, me ha mostrado mi cobardía. Me prometí morir si ella no aparecía, y ahí está ella. Esta es mi condena, seguir recluido. Nunca supo quién era la mujer que le había esperado, y nunca imaginó que murió Teodora ese mismo día, cuando amaneció y se vio sola, se dejó caer a la breve lámina de agua y allí dejó de respirar.
Fin.