martes 2 de junio de 2009

Temblor de piernas

Como alambres retorcidos las piernecillas le colgaban temblorosas sobre el vacío. Las curiosas pupilas se asomaban al borde del párpado y se deleitaban en el horrendo amasijo de escombros, muebles, azulejos y muertos enroscados aleatoriamente en torno al agujero que se lo había zampado todo. El primer meneo lo había atribuido a los vecinos que saltaban con cada gol del Barça, tambaleando hasta las lámparas. Con el segundo temblor se le disiparon las dudas de que se trataba de un seísmo. Ramón se había cerciorado de que las ruedecillas de su silla estaban firmemente asentadas en las baldosas, más le inquietaba en cambio lo endeble del suelo que se había quedado sin cimientos. Su fachada se veía a la distancia como el número 13 de la Rue Percebe. Había comprobado cómo a lo lejos unos cuantos se habían agrupado mirándole curiosos por su inestable posición, incluso había detectado en ellos sonrisas, apuestas, y la mofa, sobre cuál sería su destino. El propio Ramón era cada vez más pesimista en torno a su devenir, el acceso parecía imposible para cualquier grúa, dado el estado del suelo y los escombros, y se preguntaba cuánto podría mantenerse en esa posición. Atardecía y nada parecía variar, salvo su disposición. Ramón había asimilado plenamente la idea de su inminente y más que probable muerte ante un buen número de espectadores. En estos instantes inclinaba su cuerpo hacia el suelo, estirando la mano y los dedos, no para tratar de ubicarse en suelo firme, sino para alcanzar un folio. Las ruedecillas de la silla avanzaron dos centímetros más hacia su muerte, pero se mostró Ramón satisfecho de haber logrado el ansiado folio. Sacó un bolígrafo del bolsillo y apoyado en el muslo escribió con una inspiración casi divina. Todos los sábados por la mañana había escrito Ramón una carta al director a una publicación diferente cada vez, cambiando en cada una su firma y su dirección de correo. En ellas vertía toda la mala uva que le corroía por los muchos años de contemplar los vicios de la sociedad humana, la sinvergonzonería de la clase política, de los funcionarios, de los empresarios, de los vagos obreros, de los rateros, de los banqueros y maestros y de todo hijo de vecino en general. Sus cartas habían sido siempre de una precisión, una mordacidad y una crueldad tal, que nunca un periódico había rechazado publicarlas. Con ellas había configurado todo un álbum de recortes de diario que secretamente guardaba. Esta vez en cambio había escrito una carta diferente, un texto que tenía definido en la mente desde hacía años. Hasta ahora siempre sus opiniones habían sido destructivas, hirientes, demoledoras. Esta en cambio estaba llamada a cerrar un ciclo. Por primera vez ofrecía soluciones a los problemas, abría una puerta a la esperanza, al optimismo, a la confianza en la condición humana, y estaba escribiendo con tal inspiración y acierto de vocabulario que le sorprendía, siendo además la situación tan crítica como la suya. Una vez finalizado el texto derramó una lágrima, orgulloso. No habría en la historia testamento más digno y memorable. Firmó con su nombre entero por vez primera y plegó la hoja dando origen a un perfecto avión de papel que lanzó aprovechando una brisa de levante. El avioncillo planeó juguetón entre la destrucción y las ruinas hasta posarse a los pies de un simpático niño rubio. El pequeño tomó el folio, lo desplegó y lo leyó. Ahí está mi eternidad, mi gran historia, pensó Ramón. De pronto el niño mostró una sonrisa amplia, estrujó el papel hasta formar una pelota que pateó brevemente. Luego se cansó de ella y la dejó en los escombros, condenada al olvido, a la destrucción. Ramón intentó llamar su atención, gritarle, se abalanzó al frente intentando agarrar al lejano niño, trataba de obligarle a coger de nuevo el papel, no podía dejarlo ahí. Los curiosos le vieron caer al vacío. Uno de ellos sonrió y le dijo al otro, “Yo gano, al final se ha suicidado”.

jueves 28 de mayo de 2009

LA MIRILLA

Tras la muerte de mi tío Emilio adquirí diez libretas cuadriculadas que le habían servido de diarios en sus 47 años de agorafóbica vida. Me han cabido en este folio los pocos acontecimientos memorables de sus tímidos diarios: 6 junio de 1970: Rosa llevaba mochetes para ir al colegio, la prefiero con el pelo suelto. Ya no la envidio porque pueda jugar con otros niños. Envidio a los otros niños que pueden jugar con ella. 9 de septiembre de 1971: Han vuelto de la playa papá y Ulises. Papá ha gritado a mamá. No echo de menos la playa. Hace ya tres años, me lo ha dicho mamá, que no salgo de casa. Tengo un recuerdo borroso del agua salada, la arena y el sol. 10 de enero de 1973: Esta mañana me caí de culo del taburete. Papá vino de improviso. Ha descubierto mi afición y me ha dicho que es horrible, que soy cotilla y un espía. He pasado el día llorando. 31 de marzo de 1973: Rosa se ha quedado parada un momento mirando mi puerta. Me he puesto nervioso, a lo mejor podría verme. Sus ojos son verde oliva. 24 de agosto de 1974. Mamá nos sentó en la cama para decirnos que papá no regresará. Asegura que se ha ido al extranjero. Ulises me ha dado un puñetazo, porque dice que es mi culpa que papá se haya largado. 2 de septiembre de 1974. Rosa ha venido a casa con su madre. Ellas hablaron en el salón un buen rato. Yo enseñé a Rosa mis libros y tebeos. Le pregunté por el colegio y se ha pasado horas hablándome de sus aventuras y sus amigas. No podía dejar de mirarla. No le he contado por qué nunca salgo de casa, ella tampoco se ha atrevido a preguntarlo. 5 de septiembre de 1975. Rosa se ha acercado a mi puerta y la ha besado. Me he pegado tanto a la madera que he olido sus labios. 10 de noviembre de 1975. Mamá me ha contado que la madre de Rosa se ha ido con sus dos hijas. Se ha divorciado. Rosa no se ha despedido. 5 de marzo de 1985. Ulises se casó ayer. Con cierto orgullo y alegría le vi irse trajeado a la iglesia. No parecía decepcionado porque yo no haya ido a su boda. Mamá sí ha estado triste, he reconocido cómo se le escapaba una lágrima de amargura. 6 de abril de 1989. Esta mañana creí que mamá había madrugado para ir a caminar. Dos horas después he entrado a su habitación y estaba dormida, sin vida. 7 de abril de 1989. Todos me han odiado por no ir al entierro de mamá. Sólo ella lo hubiera entendido. Hasta papá ha venido. Vino porque mamá ya no puede echarle nada en cara. 10 de abril de 1989. María, mi cuñada, me ha hablado casi dos horas, me ha convencido para que la deje echarme una mano, traerme comida. Ulises tuvo suerte con ella, también yo. 19 de febrero de 1990. He visto a un desconocido con una escopeta subir las escaleras hasta el ático. Han sonado cinco tiros y gritos, y el tipo ha bajado con salpicaduras de sangre en la cara. 21 de febrero 1990. Me ha visitado una desconocida, una mujer mayor. Me ha dado las gracias por llamar a la ambulancia, esa gente llegó a tiempo y salvó la vida de su hija, no la de su yerno. El que disparó fue un moroso borracho. No he sido muy amable con la mujer. Nadie lo sabe, pero me sé responsable de la muerte de ese hombre. Debería haber llamado a la policía en cuanto vi al tipo subir armado. Al menos debí salir a protegerles. 30 de enero de 1995. Una niña igual a Rosa ha subido corriendo las escaleras. Luego ha llegado su madre. Era ella, era Rosa. Se ha quedado mirando mi puerta, sonriente. ¿Me habrá oído respirar? Ha tocado el timbre, he temblado, he llegado a rozar la manivela, pero no he podido abrir. Estaba preciosa. 19 de diciembre de 2000. Cada día me cuesta más levantarme de la cama. María insiste en que me quede acostado, mi salud no es la que era. De todas maneras queda poca gente que transite por la escalera. 20 de marzo de 2001. Llevo un mes sin levantarme, pronto saldré de casa al fin. De momento paso los días releyendo las páginas de estos diarios, recuerdo cada paso de cada persona en esa escalera. Esa es la última anotación. El entierro de mi tío Emilio ha sido íntimo y breve. Me intrigó en su funeral una bella mujer que le lloró desconsolada, deduzco que era la tal Rosa.

miércoles 17 de diciembre de 2008

Nuestras caídas y levantares

En nuestro primer encuentro Alicia vio más de mí de lo que yo hubiera deseado. Vio una parte de mi interior. No estoy hablando en sentido metafórico, vio mi peroné asomando blanquecino y rojizo.
Sucedió a las tres de la madrugada, cuando preparaba un salto desde un balcón de un entresuelo al que había trepado, hasta el balcón de enfrente, con el objetivo de colgarme con las manos. Fallé por muy poco. Mis manos se cerraron en el aire, a unos centímetros del objetivo, no atrapando nada más que a ellas mismas.
No pude rectificar la caída ni protegerme con los brazos, desequilibrado terminé rompiéndome. El sonido del golpe y mis gritos de dolor despertaron a una buena vecina anciana que llamó a la ambulancia, de la cual descendió una angelical Alicia.
Hablamos mientras me atendía, para distraerme del dolor sé ahora, y mientras me trasladaban al hospital. Me tomó por adolescente primero, y se sorprendió y decepcionó después cuando le confesé que cuento 24 años, uno más que ella.
Intenté convencerla de que no era yo un vándalo, un gamberro, ni un vago que miraba pasar los días, pero me faltó tiempo para hacerlo en el camino que lleva al Hospital. La convencí sin embargo para que me confesara cual era su bar de copas habitual, en donde la sorprendí el sábado en la noche con muletas y escayola.
Se dejó obligar a tomar un mojito en la barra, a solas, rodeados de sudados escupidores de humo y saliva, no era ese mi hábitat natural, me excusé para que entendiera mi timidez. Al hacer uso de su turno de palabra me reprendió por no estarme en casita calentito reposando. La causa de mi temeridad merece la pena, le expliqué, pareces acostumbrado a temeridades, respondió Alicia.
Tozudo y concienciado de que merecía el esfuerzo, en quince minutos de monólogo le detallé que no hice yo aquel arriesgado salto por ser un ladrón, ni un loco, ni un descerebrado, ni por ir drogado ni mamado; sino por entender el parkour como una forma de vida. Comencé en ello sin saber que esta historia tenía nombre. Saltaba los escalones de mi edificio primero de tres en tres y luego de diez en diez. Aprendí a rodar por el suelo, a caminar con las manos y hacer volteretas por mi cuenta y riesgo. Luego lo olvidé y me dejé llevar unos años por la vida que supuestamente debemos llevar, arrastrado por el río de sacarme el bachillerato, aprobar una carrera inútil y luego no encontrar trabajo. Fue estando en el paro que descubrí en uno mis continuos paseos a un grupito de adolescentes despeinados que saltaban bancos y corrían sobre coches y farolas. Me reencontré, descubrí que aquellos botes de mi infancia tenían un sentido. Vi la ciudad de otra manera. Los bancos, edificios, farolas, papeleras, bordillos, rampas, escaleras, paredes, barandillas. Yo soy un animal y éste es mi bosque. Los instintos nos llevan a interaccionar con el medio, a apoderarnos de él. Interactuar, saltar, hacer acrobacias entorno a la ciudad, es una forma de entender el medio como un complemento nuestro, una rebeldía contra la pasividad, el dejarse subir con ascensores, el arrastrarse por las multitudes caminantes, el cruzar por pasos de peatones, el ir en coche o en bus, el no ser niño sino adulto aburrido. Esto no es vandalismo, sino deporte y filosofía, se trata de superar obstáculos, de ir en línea recta sin que nada se te interponga, y entretanto mejoro mi cuerpo, me entreno, busco el equilibrio, la perfección de los movimientos, el dinamismo frente al inmovilismo, la estética y la belleza con cada salto y acrobacia, y sobre todo, busco estar vivo, divertirme, y dejar la pena y el sedentarismo para cuando esté muerto.
Abrumada por todo este discurso, me preguntó sobre lo último, y si tanto necesitas la actividad ¿qué vas a hacer con la pierna rota? ¿no te aburrirás? De momento estoy aquí contigo, sonríe, pero además sigo entrenando y haciendo ejercicio con los brazos y la otra pierna.
Quiso ver lo que ella llamaba mi arte (no lo entiendo yo como arte sino como vida), le dije que difícilmente podría mostrarle algo en mis circunstancias, y recordé luego que me había grabado en video en dos o tres ocasiones por tal de ver yo mismo cómo progresaban mis movimientos. Creyó que se trataba de una estrategia para conducirla a mi casa, y me pidió que le diera alguna dirección web para verlos. Le expliqué que no me había grabado a mí mismo para exhibirlo públicamente en Internet, por ello entrenaba de noche, cuando nadie miraba. Pareció creerme, me salen mejor las verdades que las mentiras, y me acompañó a casa. Buena parte del paseo que pasé apoyado en su hombro, oliendo su cabello y apoderándome de su calor corporal, contesté a todo lo que le inquietaba sobre mí. ¿De qué vives? Mi padre fue un empresario de gran fortuna que murió junto a mi madre hace cinco años en un accidente de avión y me dejó una gran herencia de la que puedo vivir sin trabajar. ¿Qué estudiaste? Filosofía. ¿Tienes novia? Tuve una, a los trece años, me dejó por otro chico más feo sólo porque él tenía el pelo largo, ya no me enamoré más. ¿Tienes coche? Bicicleta, gasto muy poco, y contamino aún menos. ¿Por qué no te has interesado por mi vida, no sabes nada de mí? No necesito preguntarte, me contarás lo que quieras contarme, aunque si lo deseas te puedo preguntar. Ya sé todo lo que necesito sobre ti, me basta con mirarte, eres un libro abierto, por eso me enamoré desde que te vi. ¿Sólo porque soy guapa? No, por algo distinto, por cómo miras a la gente, por cómo hablas, y por la sinceridad de tus sonrisas.
Asombrada por los movimientos que vio en mi ordenador, mi hizo creer en mi filosofía de vida, en que mis acrobacias tienen un sentido, y mis saltos una proyección más allá de mí mismo. Me negó esa noche un beso, y también otras muchas noches. A cambio me dejó abrazarme a ella en múltiples paseos, y me ayudó en mi rehabilitación.
Pasaron meses, al fin se curó mi escuálida pierna, y al fin accedió Alicia a besarme y mostrarme tal cual es su cuerpo. Le gustó mi filosofía, mi vida, y quiso ponerse en forma conmigo. Nos escapábamos en las madrugadas heladas y corríamos a lugares ninguneados, a parques olvidados, y almacenes exiliados. Aprendió rápido algunos de mis movimientos básicos, trataba yo de prevenirla, pero quería ir más rápida que su cuerpo en su evolución.
Fue por este motivo que en un fatídico salto de 360 grados el equilibrio se le fue y la cabeza se le estampó contra el suelo abriéndose cual melón partido. Me arrodillé ante ella viéndola con la mirada vacía, los ojos en blanco y los cabellos enredados en el rojo charco, viendo su interior. No sabía yo qué me pasaba en los ojos, no podía parar de llorarla, no recordaba ya cómo era aquello de soltar mares de lágrimas, no había sollozado nunca ni por mis padres. Pero esta vez era como verme morir a mí mismo, veía morirse a quien me había completado, quien me había hecho real, la única persona que había comprendido que no era yo de ninguna tribu urbana, ni ningún perdedor de minutos y horas, la única que me había mirado tal cual y aún así me había querido, era yo quien se moría.
Mis lágrimas se derramaban por su cráneo partido y la cortina de lloro me dejó ver turbiamente cómo la mente, el corazón, el alma, o el entendimiento me jugaban una mala pasada, mostrándome un milagro. Los sesos, huesos, pieles y borbotones rojizos esparcidos, todo ello humedecido, encharcado en mis lágrimas, se reunía cual tribu de hormigas en torno a un pedazo de pan tierno, formando una única masa compacta y recomponiendo la cabeza de mi querida Alicia, cuyos ojos recobraron la vida y clavaron en mis ojeras llorosas. La abracé, alegre, feliz, incrédulo.
Todavía hoy guardo un resquicio de duda acerca de nuestro secreto milagro, y me reservo para los adentros el temor de que cualquier día me comuniquen que estoy loco y Alicia no existe, o que fue todo un sueño, o que nunca murió y me imaginé toda aquella sangre; de cualquiera de las maneras disfruto de nuestros días y sé que tengo motivos para mantenerme optimista, para esperar un milagro, incluso en los momentos más difíciles y terribles.

martes 2 de diciembre de 2008

La última foto

La última foto que tenemos juntas nos la hizo papá el día que murió y tu no parabas de llorar de camino al hospital. Hoy son las doce de la noche y en el momento en que te escribo esta carta estreno mi mayoría de edad. Tengo dieciocho años y me he pasado la noche mirando la última foto en que salimos las dos, solas, y me abrazas. Casi no nos reconozco, me parece que son otras dos personas, felices, como si nosotras nunca lo hubiéramos sido. Recuerdo casi todas las pequeñeces importantes de mi infancia pero no logro recrear en mi mente cómo era aquello de reír constantemente y sentirme feliz. Te he metido la foto dentro del sobre, está un poco descolorida, de manoseada. Debió de ser la foto número mil que papá nos hizo, hacía sólo unas semanas que se había comprado la polaroid que todavía guardo, y nos sacaba todos los fines de semana, buscaba cualquier excusa para eternizarnos a nosotras, o a cualquier paloma o bichejo que se le cruzaba. Te he escrito hasta ahora muchas cartas, aunque nunca te había enviado ninguna, quería tus respuestas al mismo tiempo que las temía, por eso no te envíe ninguna. Ahora ya no busco respuestas, ya no me importan, sé que a veces la vida es así de absurda. Papá murió, y nada más, murió por un absurdo designio, digo que murió, pienso que murió, pienso que ya no existe y nada más, y no me digo ya que lo mataste. ¿El olvido es el perdón? No, el olvido es el olvido, ante el olvido desaparece todo lo que ha pasado, y no queda nada que perdonar, no hay perdón por tanto. No he olvidado cómo murió, no ha desaparecido de mi mente la cara de papá muerto en el asiento trasero del coche mientras nos conducías con los ojos empapados al hospital. Ese rostro descompuesto, con el labio colgando inerte hasta la barbilla, nada tenía que ver con el de felices ojos que se escondía tras la polaroid mientras nos disparaba el flash, que poco se parecía esa mirada a la que presencié en sus pupilas instantes antes de que le pasaras por encima con el todoterreno que hasta entonces nunca habías conducido y le partieras el cuello. No me importa ya lo que pudiera pasar por tu cabeza para que le arrollaras de esa manera, eras una adolescente a quien nunca ninguno supimos comprender, ya no lo intento. Admiro el valor que tuviste para llevarnos a tus diecisiete años al hospital con el mismo coche que acabó con papá.
He sabido esta semana que tal vez este año sea el último que pases privada de libertad. Sigues siendo para mí una hermana y espero que nos reencontremos pronto y nos hagamos una nueva fotografía. No importa que para mamá ya no seas su hija, sueño con verte pronto, no tendrás que darme explicaciones, no quiero respuestas, sólo recuperarte. Tampoco me pidas tú el olvido, como te he dicho, no creo en el olvido, creo en ti sin embargo, en que has pagado, has pensado, has enfermado y te has sanado, creo en el perdón, creo en que las personas se equivocan y aprenden, cambian, evolucionan, mejoran, creo en ti, y creo en que algún día llegues a perdonarte. Tu hermana. Siempre.

jueves 23 de octubre de 2008

Devoradora de objetos

¡Los está matando a todos! Los está borrando, los está haciendo desaparecer. Casi ni nos hemos enterado, y ya quedan muy pocos. Ya casi nadie lee libros, nadie los mima, ni almacena, ni regala, están en extinción. Se acabó la gente que olía la tinta de los periódicos y se lamía las puntas de los dedos para pasar la página. No hay adolescentes que desembalen con ansia los vinilos ni limpien con esmero la aguja del tocadiscos por tal de no rallar a los Rolling. No vibran ya los dados en la mano mientras el jugador mentaliza un número, lo reza, y luego los oye rebotar sobre la mesa. Ya no se sorprenden los niños ni envidian a los adultos cuando barajan las cartas, ni estos segundos se emocionan al sacar de un cajón los naipes y oler el polvo que se ha hecho parte de ellos. En los bolsillos ya solo hay manos, nadie guarda monedas, ni billetes, ni los coleccionan en cajas de lata, que ya tampoco existen. ¿Qué fue de las canicas y de las peonzas? Dejaron hace mucho tiempo de pintar figuritas de guerreros que compartirían después con los amigos representando batallas y aventuras sobre el tablero. Desconocen el tacto de una raqueta y no logran imaginar cómo sonaba una pelota al chutarla con el empeine, ni a qué olía el césped cuando lo mordían en una caída. Desaparecieron los álbumes de fotos y los carretes y los cuartos oscuros. Se comió los lápices de colores, las pinturas, los pinceles y los dibujos colgados en las neveras. Ya casi nada puede tocarse, y los objetos que restan, carecen de artesanía y afecto. Sólo quedan herramientas tecnológicas, de plástico y metal. Ella devoró todas las cosas, se comió su esencia, su alma, y nos devolvió reconstrucciones inertes de imágenes y sonidos con las que nosotros, idiotas, quedamos hipnotizados. Pero ya no somos felices, ni sabemos sonreír. Cuando atrapó en sus redes digitales las almas de todas las cosas, también robó una parte fundamental de nosotros.

jueves 18 de septiembre de 2008

Cuento de amor con detalles

Suele decirse que son más detallistas mujeres que hombres. Ha de ser porque éstas percatan de inmediato detalles como que alguien cambie de peinado o de color de gafas, mientras eso mismo puede pasar desapercibido a un hombre. No obstante, también entre las mujeres las hay que son más meticulosas que otras. Entre este tipo de personas más amantes del detalle, hay unas pocas tan observadoras que leen impulsivamente libros de crucigramas, sudokus, y jeroglíficos que resuelven como quien se ata los cordones del zapato, pero disfrutando y sonriendo a cada lazo, causando estupor entre el resto de mortales. Hay precisamente un pequeño grupo de sujetos escogidos que además de cumplir las anteriores capacidades citadas, ostentan, y esto está relacionado con lo anterior, una curiosidad innata, difícilmente saciable, que bordea la linea entre la curiosidad y lo llamado cotilleo. No se trata sin embargo de personas cotillas, sino hambrientas de conocimiento cuyo único pecado es la necesidad de alimentarse. Explicamos todo esto para ayudar a comprender mejor los hechos que acontecieron a una buena cajera a quien sus padres pusieron como nombre Teodora, aunque era conocida por todos como Teo, así que en adelante así la llamaremos. Sin embargo no fue Teo quien dio inicio a estos hechos, sino una tal Rosario. No era Rosario una mujer en exceso meticulosa, pero en cambio sí era considerada por muchos como una cotilla, o una maruja, injustamente, creía ella, sólo porque viera todos los programas del corazón que programasen, comprara revistas los jueves, y le gustase hablar con todoquisqui sobre cuestiones personales, que son las que ella creía interesantes, sólo por eso no iba a ser ella una cotilla, o una chismosa. Más bien le sucedía que no siendo muy observadora ni sagaz, escuchaba a veces cosas a medias y luego las contaba tal luas las comprendía, y a veces no tenía aquello que decía mucho que ver con lo que en inicio sucedía, lo cual le valió la fama de falsear ciertos cotilleos. Así, estaba Rosario fregando de mañana una parte del supermercado un lunes, cuando se percató de que en la zona de las taquillas de consigna, donde los compradores dejan bolsos y enseres antes de entrar al supermercado, había una que permanecía cerrada con llave. Y pensó que aunque la hubiera visto ese día, podría haber estado así la casa todo el fin de semana. Se calló aquello y observó la caja los tres días siguientes, que permanecía cerrada. El miércoles tras observar que sólo aquella caja, la número 37, permanecía cerrada, pensó que debía decir algo. Mientras recogía sus cosas y se ponía ropa de calle, ya el resto de empleados del super empezaban a tomar sus puestos, cajeras, reponedores, encargados, carniceros..., y ella se topó con Teo y se detuvo a charlar un instante que duró exactamente diez minutos. En ese instante le comentó lo de la taquilla, y de cuanto hablaron fue este dato el que más intrigó a Teo, quien le dijo que se lo comentaría a un superior.
Toda la mañana la pasó Teo dándole vueltas a la caja 37 en su cabeza. ¿Quién podría haber guardado algo en la consigna y haberlo olvidado? Seguramente se trataría de algo insginificante, como una bolsa de la compra de una frutería, o una barra de pan, que alguien no echó en falta hasta llegar a casa y luego no supo dónde se hallaba. Pero sabía Teo que al dejar un euro en consigna para cerrar la puerta, el usuario se queda una llave con el número de la caja, y allí no estaba la llave, por tanto debería tenerla el usuario, y eso significaba que quien fuera sabía que se había dejado algo en esa consigna. No podía ser un despiste. A no ser que el usuario hubiera perdido la llave en la calle, que se le hubiera caido del bolsillo. También podría ser alguien de fuera de la ciudad, que estuviera de paso, y que cuando recordara haber dejado algo allí le hubiese parecido tan insignificante como para no querer volver. Se planteaba todas las posibilidades, y era imposible descartar las suficientes como para deducir los motivos y lo que habría dentro. Era un acertijo indescifrable esta vez, salvo que se abriese la puerta. Tenía que abrir la puerta, ¿y si alguien se había dejado allí algo importante que no pdía recuperar porque no recuerda dónde está? Además había que abrirla también porque desde el punto de vista de la empresa no podía dejarse aquella caja cerrada. Habían esperado varios días esperando que alguien lo recogiera, ella había pasado un día entero girando el cuello atrás para observar si alguien accedía a la caja número 37, y nadie lo había hecho, por tanto si la empresa abría la caja, no podría considerarse violar la intimidad de nadie. Había que decírselo a un encargado. Así lo hizo, y procuró estar delante cuando el encargado abrió la misma con una llave de repuesto, expectacte observó cómo su jefe sacaba un paquete perfectamente envuelto. La miró austado, ¿y si es una bomba? Le preguntó, ¿quién podría interés en dejarnos una bomba? Le contestó con una pregunta Teo. El paranoico, o precavido, encargado había visto demasiadas noticias sobre terrorismo y atentados, y quiso llamar a la Policía. Antes de darle tiempo a hacerlo Teo se hizo con el paquete, sabía que en esa ciudad ni si quiera había brigadas expertas en explosivos, tendrían que llamar a expertos, enviarlo a Madrid, hacer analizar el paquete, y ella jamás sabría qué había dentro. Eso no podía consentirlo Teo. Entre las protestas de su jefe abrió el paquete y desveló su contenido, que no era otra cosa que un libro. El jefe incluso había cerrado los ojos asustado, al comprobar que era un libro lo cogió, lo examinó, no ponía nada del propietario. Decepcionado lo tendió hacia Teo diciendo ¿te gusta leer? Me encanta, mintió ella, pues no había leído nunca, tras acabar el instituto, una novela, o un libro de narrativa, entero, más allá de los libros de sudokus y acertijos.
Encantada se llevó el libro a casa, y también el paquete en que había estado envuelto. Tenía que ser capaz de averiguar quién era su dueño, algún dato tenía que haber por alguna parte. Había sido envuelto de forma austera, como para enviar por correo, no como para un regalo. Iba en un paquete cubierto con precinto, como para dificultar la labor a los husmeadores. Ningún nombre, ni dirección, ni matasellos por ninguna parte. Hizo una fotografía mental, recordó cómo estaba envuelto, y no vio ningún hueco en donde escribir una dirección de correo, por lo que no podía tratarse de un libro envuelto para enviar por correo, ni tampoco para regalar (no era papel de regalo). Así cobró fuerza la teoría de que aquel paquete hubiese sido abandonado voluntariamente en la caja 37 y no se tratara de un despiste.
¿Qué podría pretender quien dejó allí el libro?
En casa Teo analizó el libro a fondo, lo hojeó, lo volteó, buscó alguna carta, alguna señal, alguna pista, y no había nada. Tendría que leerlo, se resignó, por si daba con alguna pista. El libro era un viejo tomo titulado El final de Norma, firmado por Pedro Antonio de Alarcón. Pese a que la edición era de hacía 20 años, el original había sido escrito en el siglo XIX. Si alguna literatura hubiera interesado a Teo, no iba a ser aquella tan antigua, pensaba Teo resignada a tener que leerlo. La obra, que comenzaba hablando de un violinista, apenas interesaba a Teo, aunque admitía que estaba tan bien escrita que algunos pensamientos le tocaron la sensibilidad, como aquella metáfora entre sueño y muerte: "el sueño, hermano menor de la infalible muerte".
Sin embargo terminó de leer la obra desorientada, decepcionada por no haber dado con ninguna respuesta a sus interrogantes. Y su anhelada explicación llegó como llegan a veces las cosas importantes, de manera casual, involuntaria. Había dejado Teo el libro, rendida, sobre la mesita entre los sofas, y se hallaba plantada frente a la tabla de planchar cuando se le escurrieron unas bragas hasta el suelo. Fue tras ellas y al alzarse leyó una vez más el título de la portada del libro El final de Norma. Leyó el título como cuando leía jeroglíficos y acertijos, y dijo en voz alta El final de Norma es la "a" y la "a" es la primera letra de nuestro alfabeto, es el principio. Por tanto la respuesta, si es que esto es un acertijo, está en el principio. Ansiosa se fue hacia el libro, arrodillada aún y con las bragas limpias arrugadas entre sus dedos. Buscó la primera página, nada susceptible de contener una clave había allí, por mucho que lo leyó en todos los sentidos y direcciones posible. Y pensó que no es el principio la primera página, sino la portada. La palpó y manoseó, y encontró una grieta entre plástico y cartón, abrió la cubierta, metió sus uñas y extrajo algo duro y plastificado, aunque muy fino. Era un disco compacto sin nada escrito.
Lo revisó y se maldijo por no contar ella con ordenador, y pensó que tal vez fuera un disco musical. Sin suerte lo probó en su equipo de música y luego se resignó a tener que llevarlo a algún ordenador. Esa misma tarde salió a un cybercafé, pagó una hora de conexión a Internet por anticipado, previendo que podría contener algún otro mensaje oculto el cd. Excitada como estaba, ansiosa por llegar al final del enigma, se le escurrió el disco hasta tres veces de entre los dedos antes de introducirlo en la computadora. Abrió el único documento existente en el disco, era archivo de texto, pero al abrirlo descubrió que estaba en blanco.
Pasó diez minutos observando la pantalla blanca y preguntándose que querría decir nadie grabando en un disco un archivo en blanco. Quinceañeros y ciberseductoras cincuentonas pasaban a sus espaldas y dedicaban intrigadas miradas a su blanca pantalla y sus ojos penetrados en la luz, absortos. Se le ocurrió trastear con el ratón cuando ya casi estaba desesperada y no hallaba respuesta en el blanco, y con el puntero señaló las lineas en blanco de la página. Al hacerlo iba amaneciendo una nerviosa sonrisa en el gesto de Teo, al subrayar esas líneas con el cursos descubrió unos caracteres ocultos, habían sido escritos en color blanco sobre fondo blanco y habían permanecido por tanto desapercibidas.
Sin embargo no eran letras del alfabeto occidental, sino que se trataba de extraños símbolos: aviones, flechas, círculos, bolas de billar... ¿qué significaba?
Esta incógnita que hubiera resultado sencilla para cualquier persona habituada a trabajar con ordenadores y procesadores de texto, resultó costosa en su resolución para Teo, así tuvo que pagar una hora más por utilizar Internet, aunque ella sólo requería la utilización de la computadora, sin necesidad de conexión, convencida de que las respuestas debían estar en su mente. Así al fin se le ocurrió algo tan sencillo como cambiar el tipo de fuente de aquellos símbolos, utilizó la habitual taims niu roman en color negro y descubrió un breve mensaje oculto:
"Si deseas quererme, encuentrame cuando estés plena, mira a la tierra desde sus más negras aguas".
Se le iba el corazón del pecho, se acercaba a la resolución. Sus sospechas habían sido ciertas, alguien habíadejado a propósito el libro en la caja 37, alguien había escondido ese cd con la frase oculta para que otra persona la hallara. Teo pensaba que nadie más que ella se habría tomado tantas molestias por resolver un misterio aparentemente inexistente, ella tenía que ser la persona adecuada, precisa, a la que alguien tan meticuloso estaba aguardando. Anotada la frase en un papel, también ensu versión de símbolos, se marchó satisfecha, fantaseando sobre cómo podría finalizar el juego. Una parte de ella no quería resolver todavía el significado que escondía el texto, estaba impaciente y también temerosa de que acabara el juego, como un niño que no desea abrir todavía su último regalo de navidad, quiere conservar la emoción algunos instantes más. Pero ya en casa, lee cada palabra de nuevo y la oración en su conjunto.
Mientras Teo saboreaba su acertijo soñando a qué nuevo laberinto le llevaría y, sobre todo, a quién hallaría tras él, Rosario se percato de algo que llevaba meses, quizás más de un año, sospechando: perdía vista. Se dio cuenta cuando tuvo que acercarse al televisor para averiguar que el rótulo que había impreso bajo el busto de una cincuentona rubia de bote informaba acerca de que ésta le puso los cuernos a su marido con su cuñado. Así se vio que estaba en mitad del salón plantada leyendo las letras que desde el sofá no había alcanzado a leer, y supo que no era la primera vez que repetía ese acto de manera inconsciente. Nunca había llevado gafas, nunca las había necesitado, se dijo, tampoco había tenido que leer ella mucho, ni se había visto obligada tampoco a trabajar con el ordenador. Así fue que se dirigió a una óptica en la que la convencieron de que hasta iría más guapa con aquellas dulces gabanas, y de que era tanto su astigmatisco y cierta miopía, que debería adornar con ellas su rostro y sus orejas a diario, para mayor seguridad incluso ¿cómo podía andar usted tranquila por la calle con ese astigmatismo, sin que la atropellen ni le den dolores de cabeza? La había alarmado la ópica. Así la asustada y obediente Rosario, aún sin estar muy convencida de que aquellos cristales empastados la favorecieran, se puso el artilugio y no se lo quitó más que para ducharse y dormir. No le había convencido primero el agresivo diseño de las gafas, con dos grandes patas blancas atravesadas por una línea negruzca, esto es demasiado llamativo para mí, sí, por eso le sientan tan bien, ¿no tiene ganas de llamar la atención sobre usted? Y se quedó plenamente convencida. Y el destino está entrelazado de tal manera, y las suertes de cada individuo se entrecruzan tanto, que este pequeño incidente desencadenó un nuevo devenir en el destino de Teo, y también de Rosario. Animada por la propia Teo, y también por otras compañeras de trabajo que le habían hablado a Rosario sobre cuánto la favorecían las gafas, se lo terminó por creer y apenas se las quitaba ni para limpiarlas. Así comenzó a percibir todo lo quese había perdido, era cierto, se dijo, que me faltaba agudeza visual, pero no me había percatado porque yo siempre había visto el mundo de esta turbia manera. Se volvió más observadora, percibía cada pequeño detalle y eso le cambió la vida. Fueron sus primeros pasos como de los míticos cavernosos platónicos que se vieron cegados bajo la todopoderosa luz blanquecina. Pero luego se adaptaron sus ojos a la nueva claridad, se le pasaron los mareos y despertó a un mundo de detalles antes invisibles. Vio tantas nuevas realidades y se volvió tan perspicaz, que no le fue difícil detectar que Teo le escondía algo. Le había preguntado Rosario acerca de aquella taquilla misteriosa y la respuesta de Teo fue que ya no había tal misterio, que simplemente alguien había olvidado allí un libro intrascendente. En otras circunstancias le habría bastado a Rosario la respuesta, perodetectó que parpadeaba y miraba a otro lado Teo cada vez que deseaba ocultar algo, y apreció que había comenzado a utilizar un nuevo color de pintalabios, el rojo ruso, había optado por lentillas en lugar de gafas e incluso asomaban coloretes espolvoreados en sus mejillas. ¿Quién se quedó el libro? preguntó Rosario, yo, contestó Teo, pero es aburrido, no aportada nada, ni siquiera he terminado de leerlo. ¿A no? ¿Y podría leerlo yo? Igual a mí me gusta. Está bien, pero te advierto que te aburrirás como una ostra, contestó Teo valorando lo poco probable que era que descifrara alguna clave Rosario, menos aún si le dejaba el libro desprovisto del cd. Y en efecto no fue capaz Rosario de acabar la lectura, pero hizo una acertada deducción: Teo me oculta algo relativo al libro, y esto coincide con que de pronto se acicala en exceso. En el libro quizás había algo más, algo oculto, un mensaje, quizás de algún solitario en busca de mujer. Un mensaje que haría que una solterona como ella, una solitaria como, perdiera la cabeza y cambiara la vida, se arreglara y vistiera como si fuera a hallarlo en cualquier esquina. ¿Se habrán encontrado ya? No creo... pero de cualquier manera, es a mí a quién tendría que estar aguardando ese hombre, porque soy yo quien descubrió la taquilla y no ella. Teo se me adelantó, me ha traicionado, era arrepentimiento, temor y traición lo que había en su mirada cuando le pregunté por el libro, ahora lo veo tan claro que me ofende no haberme percatado antes. Tengo que arrebatarle a mi hombre, se dijo. Y desde entonces procuró hacerle un seguimiento exaustivo a Teo. La espió a cien metros de distancia con su vista de pájaro y vigiló adónde iba cada día después del trabajo y de dónde venía antes. Nada fuera de lo habitual le acontecía a Teo, aún así no pensaba darse por vencida Rosario.
No había detectado nada en las rutinas de Teo porque ésta no las había cambiado, aún, pero soñaba con hacerlo pronto. Aguardaba un día, una noche, una hora y un lugar muy concretos, los aguardaba con impaciencia. Había resuelto con tanta facilidad el último acertijo que le había sabido a poco, se había planteado incluso que hubiese algo más enrevesado, pero no, no podía haberlo. "Si deseas quererme, encuéntrame cuando estés plena, mira a la tierra desde sus más negras aguas". No dejaba lugar a dudas, la esperaría en la próxima luna llena, de espaldas a la misma, en el pantano. Allí le encontraría, y allí le encontraría a él desde que anocheciera.
Supo Rosario cuándo había llegado el día del encuentro porque no sólo se había acicalado como últimamente lo hacía Teo, sino porque además llevaba un vestido nuevo (cuando siempre había sido Teo de vaqueros anchos y camiseta). Rosario, desde que vio cómo vestía Teo, tuvo unas horas de margen en las que fue a comprar un vestido idéntico, se hizo un peinado similar y se pintó los labios de rojo. Se vio atractiva, incluso con las gafas, hacía años que no lucía así frente a un espejo. Salió del trabajo Teo y no sintió cómo Rosario le seguía los pasos. Iba esta última sonriente, nervioso, imaginando lo que iba a acontecer. Tenía que esperar a llegar a una calle más oscura, con menos gente, se acercaría a Teo, la cogería de los pelos y la tiraría al suelo. Allí la patearía hasta que lo confesara todo, hasta que dijera cómo la había traicionado. Después le arrancaría a maporros dónde era el lugar de la cita, y confirmaría sus sospechas de que se trata de una cita a ciegas. Le patearía la boca hasta saltarle dos o tres dientes y como colofón le abriría los morros y le escupiría en la campanilla. Culminada la venganza, tomaría lo que es suyo presentándose en el lugar de la cita, vestida como Teo previendo que hubiesen tomado contacto antes y hubiese descrito su atuendo. Incluso le había venido bien ponerse gafas reciéntemente, ambas las llevaban puestas, aunque eso sí, las mías son mucho más estilosas y originales, se dijo Rosario. Reía sola imaginando todo esto tras los pasos de Teo.
Pasaban por un barrio obrero, llevaban seis minutos y medio caminando y estaban en un lugar idóneo, poco poblado a esas horas y con farolas fundidas. Iba recortando distancias respecto a Teo la perseguidora. Hacía crugir Rosario los nudillos y los dientes, llevaba zapatos de tacón con punta endurecida, perfectos para patear cabezas. Sólo las separaba una calle, Teo estaba a un lado de la calzada y Rosario al otro, tras ella, sólo tenía que cruzar y machacarla. Puso el pie izquierdo sobre asfalto, luego el derecho, y el izquierdo dio un paso en el aire, todo su cuerpo flotaba, iba girando, perdiendo el centro de gravedad, con el rostro amoratado por el golpe contra la luna agrietada del yundai cupé que acababa de arrollarla. A Rosario le había resultado imposible ver el coche, la pata de las gafas que tanto habían agudizado su vista, habían bloqueado un punto de su campo de visión, justo los laterales. Como burro que sólo puede mirar al frente, necesitaba ella girar toda la cabeza para ver al coche que venía, y su cabeza enfocaba a Teo que la precedía, centrada en cómo apalizarla.
El conductor del coche ni si quiera frenó hasta que la hubo golpeado y arrastrado diez metros, nervioso al ver a la aparatosa mujer estampada contra su recién tuneado coche, no le surgió el instinto de frenar hasta pasados un par de segundos. Así que Teo no escuchó el frenazo y prosiguió su camino ajena a lo sucedido, ignorante de cuánto podría haberle cambiado el destino de no haber pasado un coche por ese lugar en ese instante.
Convencida de hallarse en su clímax, en la cumbre de su historia vital, sumergió los pies en la lámina lúgubre de agua que a esas horas reposaba en el pantano, y cerró los ojos dando la espalda a la luna llena esperando que llegara su desenlace. Duda un segundo, luego repasa sus deducciones, las aguas más negras. El negro es la ausencia de color, sólo en la noche nada salvo la negrura y la luna llena, se refleja en el agua. Sólo este punto hay una casi absoluta ausencia lumínica y de tonalidades, no hay posibilidad de errar en el lugar.
José Mapuche hastiado de su mundo solitario de lecturas, música y acertijos que no tenía con quién compartir, cansado de la imagen que le devolvía el espejo, tomó una decisión trascendental en su vida. Confió en el destino para encontrar a alguien con quien compartir la vida, alguien que le quisiera. Envió, metafóricamente hablando, un mensaje en una botella. Dejó su código en un lugar que cualquiera podría hallar, pero tendría que ser alguien con un especial interés por desvelar misterios, con ansia por conocer. Ese mensaje cifrado, aunque con sencilla solución a su parecer, conduciría directamente al lugar dónde él aguardaría esa compañía. Se había propuesto que si nadie descubría su mensaje, si nadie le encontraba, era que el destino deseaba conservar a José Mapuche solo y desgraciado. Y por tanto, dado que él ya no deseaba seguir viviendo así, tendría que tomar una decisión drástica. Los humanos somos seres sociales, se decía, y necesitamos alguien a nuestro lado, un alma que nos complete, se decía en las noches que no podía conciliar el sueño añorando a sus difuntos padres.
Sus ojos lloraron cuando en esa noche de luna llena contempló a Teodora descalza, metida en el agua negra, aguardándole. Quiso correr hacia ella y ya no soltarla nunca. Pero una terrible idea sobrevoló su mente. Si me quieres búscame, había venido a decirle él en su código oculto, y ella le había encontrado. Pero querer no es amar. No le conoce, sólo le imagina, no puede amarle, sólo desearle, ansiarle, anhelarle, y todo ello porque no lo conoce. En el momento le conociera dejaría de quererle, él lo sabía, estaba convencido, nadie podría quererle después de mirarle a la cara y conocerle. Y sería más insoportable todavía para José Mapuche saber que ha encontrado a la persona idónea, a su mitad, que el destino le plantó en los morros a la mujer con quien compartir la vida y que ella le rechazara después de verle. La miró, contempló su cabello ondeando en la oscuridad, la vio abrazándose a sí misma helada de frío en la madrugada, buscándole con la mirada, y la quiso, la amó y se marchó. La dejó allí, muriéndose de frío y de tristeza. No puedo suicidarme, se dijo José Mapuche, el destino me ha retado, me ha mostrado mi cobardía. Me prometí morir si ella no aparecía, y ahí está ella. Esta es mi condena, seguir recluido. Nunca supo quién era la mujer que le había esperado, y nunca imaginó que murió Teodora ese mismo día, cuando amaneció y se vio sola, se dejó caer a la breve lámina de agua y allí dejó de respirar.

Fin.

miércoles 10 de septiembre de 2008

Panico en el parque de atracciones

Navegamos por el plácido riachuelo del pequeño mundo mientras niños metálicos nos cantan disfrazados con los trajes regionales de las múltiples nacionalidades; y colores imposibles nos menean las cabezas de un lado a otro como en partidos de tenis simultáneos. Nos encandilan los enanos de angelicales rostros y creemos tener diez o doce años y nos quedamos con ganas de hacer otra media hora de cola con gorras de orejas de miki y olores corporales endulzados en aromas de cuento de hadas, para desviar esta vez la mirada a los lugares que se nos escaparon. Todo ello acontece en nuestras pretendidamente ingenuas mentes antes de atravesar el ecuador del recorrido, y justo cuando estimamos haber llegado más o menos a la mitad del paseo, las luces se apagan y la barca se detiene, no se detienen en cambio los botes que nos prosiguen y golpean una tras otra, ¿qué es esto? grita mi sobrino, ¿Es parte de la atracción? Se pregunta su padre. Y yo mantengo la calma hasta que nos golpea otra nueva barca y como no caben más en esta sala cerrada nos vuelca y nos tira a la pantanosa agua entre raíles y cables. Caemos todos, nado y la gente grita, mi instinto no me permite rescatar a nadie, sólo sobrevivir, aunque el agua no cubre más allá de mis senos. Trepo y llego a plantarme en una de esas isletas donde se supone cantan los felices niños robóticos de la atracción. Hay algunas luces ahora, intermitentes, rojizas, como luciérnagas del infierno, veo fotogramas y algunas caras de gente pidiendo ayuda en diferentes idiomas, veo a mi familia agobiada intentando no ahogarse en un metro de agua, hay sangre que flota y alguien siendo arrastrado a la deriva. Estoy a salvo, mi instinto ya me permite ser solidaria, tengo que salvar a esta gente, corro a buscar ayuda, aun no hay mucha luz, tropiezo y envío a una eléctrica niña cubana con maracas de una patada a volar por los aires, y sus cables y circuitos la acompañan como una estela, y en mitad de su parábola se enciende una luz potente, celestial, reparadora, que daría que pensar que todo ha vuelto a la normalidad, hasta que la muñeca cubana cae al agua y vuelven a parpadear todas las luces. Chispas de polvo de hadas saltan efervescentes de entre los botes en el agua y mi familia, y el resto de alegres turistas de todas las edades, engalanados con sus alegres colores, bailan tectónicos, con los brazos sobre sus cabezas, meneándose al ritmo de la música de la atracción del pequeño mundo, sonrientes de dolor, en una eléctrica danza que finaliza con todos ellos muertos, flotando en el sereno río que arrastra botes y personas ante mis perplejos ojos arrepentidos, pero vivos.