Nunca he pintado un cuadro. Sólo he querido pintar un cuadro. Parezco idiota, soy idiota, pero más bien soy obcecado. Llevo tres años intentando pintar un cuado. Sólo quiero pintar uno, y por tanto no será uno cualquiera, será un cuadro perfecto, o eso pretendo. Llevo tres años pintando ese cuadro, que ha sido muchos cuadros. Comenzó siendo un paisaje, un atardecer, luego un amanecer, en el mar, en la playa, luego de nuevo un anochecer, luego ya no era la playa, sino un desierto. Ese paisaje fue evolucionando, he ido llenando de pintura el lienzo, echando litros y litros, hasta echar a perder la tela. He cambiado hasta diez veces de lienzo en estos tres años. Trabajo en un bar, que es mío, y cuando bajo la persiana no hago otra cosa hasta que me duermo. Pinto y pienso, pienso y luego pinto y me duermo con las manos manchadas de colores obscuros y el pincel pegado al rostro. Del equilibrio en el paisaje pasé a romper las formas. Sólo un día en estos tres años estuve bloqueado y no pinté nada. Fue el día siguiente al domingo en que junto a mi diario habitual regalaron el primer tomo de una colección de libros de arte, vi aquellas perfectas pinturas renacentistas y entré en una depresión que me impidió pintar en todo el día siguiente. Luego reemprendí mi inspiración decidido a no mirar nunca más un cuadro ajeno hasta finalizar el mío propio, para no dejarme influir más que por la realidad. Llevaba muchos trazos desechados cuando caí en la cuenta de que no me había hecho a mí mismo una pregunta fundamental ¿qué quería pintar? Simplemente había deseado evocar emociones en una imagen estética que me reconfortara y me proporcionara una belleza total, perfecta, acabada. Había creído que esa belleza se hallaba en un exterior, en la naturaleza, en un paisaje, en la creación. Luego pensé que me equivocaba, que debería buscar esa belleza en la mayor creación, el hombre. Me pinté a mí mismo, con desacierto, pero me pinté. Posé frente a un espejo, me hice fotos, y me desnudé. Sólo desnudo creí acercarme a crear la pintura auténtica que deseba. Creí haber dado con el cuadro perfecto. Durante unas horas realmente me sentí feliz, reconfortado, realizado, había terminado mi trabajo. Me había pintado a mí mismo desnudo, sentado, indefenso, dubitativo, esa era mi gran aportación. Podría morir tranquilo. Luego salí a beber agua y al regresar y verlo de nuevo, como si fuera ajeno a él, como si no lo hubiese pintado yo, me di cuenta de lo horrible que era. Quemé el lienzo. Ese no era yo. Cómo iba yo a ser ese imperfecto amasijo de carne, pellejos, huesos y pelos mal distribuidos. Caí en la cuenta, había errado, no era yo ese. Yo no era mi cuerpo, yo tenía que ser mi alma. Así intenté, estuve seguro, de hallarme al fin en el buen camino. Con los paisajes y mi autorretrato en realidad había intentado inconscientemente ese mismo fin, pintar mi alma, mi unicidad, mi individualidad. Comencé a desparramar abstracciones en el lienzo. Cuando alguna mancha de color me recordaba a algo conocido, a algo que no fuera puramente sentimiento y emoción, la pintaba de blanco y comenzaba de nuevo. Así he llegado al día de hoy, buscando los colores y formas que componen mi alma, y sólo descubro que esos colores que creo me definen son unas veces unos, y otras vees otros. Los plasmo unos encima de otros intentando que las primeras capas dejen su constancia en la mezcla. Insatisfecho vuelvo a querer quemarlo todo y me planteo que quizás esos primeros paisajes representaban mejor mi alma que estos colores. Puede que hubiera más de mí en un amanecer en el desierto, que en una abstracción de colores. Me llega la intuición de que soy cambiante, como mi alma, y un solo cuadro no puede representarme, ni ser perfecto, porque yo soy y he sido todos esos cuadros que he pintado y desechado. Pero si los viera todos unidos en hilera, si no los hubiese quemado, ni pintado encima y los viera colocados uno tras otro, tampoco me vería a mí mismo, porque yo ya no soy ese que los pintó, aunque lo he sido. Ahora entiendo que ya he pintado ese cuadro perfecto y que lo seguiré pintando hasta que muera. Todos ellos han sido perfectos y han dejado de serlo al instante de haberlos pintado.
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