domingo 13 de julio de 2008

El laberinto de laberintos

Nota preliminar

No he sido Borges, no soy Borges, no seré Borges, pero cuando le leo, queda una persistencia memorística en mi estilo que me obliga a, cuando escribo, jugar a serlo. Luego, cuando me leo, rio, por lo mucho que no me asemejo.


Agripa Agulló Aranda, bajo el amparo de una televisión, llevó a cabo un proyecto de tales dimensiones en infinito aumento, que comenzó a edificarlo, antes de tenerlo concluso en su mente. La edificación dio inicio en las afueras de su ciudad natal, en un antiguo polígono industrial que quedó abandonado cuando el sector manufacturero se hundió tras la insuperable competencia de los disciplinados asiáticos, dispuestos en masa a trabajar muchas más horas, por mucho menos dinero. En esa época de bonanza previa había levantado su fortuna el padre de Agripa y vendió todas sus fábricas y empresas cuando auspició el comienzo de la crisis. Así mantuvo íntegra su fortuna que Agripa heredó y comenzó a dilapidar el día siguiente de enterrado su padre, en secretos fines durante años, y con el inicio de las obras del laberinto después. A los primeros policías que preguntaron por aquella mole de hormigón que se alzaba a cinco metros de altura sin puertas ni ventanas, salvo el arco de entrada, les calló con sobornos. A los curiosos, policías, políticos y jueces que se fueron acercando a continuación, les calló con papeles en regla, y minutos de fama en su propia televisión, televisión que grabaría en exclusiva la triunfal apertura del Laberinto, ahora ya, con mayúscula inicial, pues los dos años de obras a marchas forzadas habían hecho crecer los rumores más que el propio laberinto. La mole cubicular, cerrada por todos sus extremos salvo por uno, se extendía durante casi quince kilómetros y se especulaba que llegaría su fin cuando arribase al extremo colindante de la ciudad más cercana. Llegó ese día y Agripa anunció en la televisión, de forma mundial, que había finalizado su grandiosa aportación a la humanidad y justo en el extremo opuesto al umbral de entrada, en donde unas letras de neón rezaban el nombre El Laberinto, se encontraba la otra única puerta, en donde otras letras de neón, éste más luminoso todavía pero sólo visible desde el exterior, informaban de que se trataba de La Salida. Varios intentaron, antes de la inauguración oficial, rodear el laberinto y entrar desde la salida, fue en vano, pues este lugar, por la orografía, era inaccesible. Millones de personas entraron el primer día al Laberinto. Los corredores discurrían seseando, despistando, trazando espirales, cortando el paso, y golpeando narices. En la desesperación cientos de miles se suicidaron a golpes contra las paredes, les era imposible hallar la entrada ni tampoco la salida. Todo ello quedaba registrado por las videocámaras del interior de la construcción, y el resto del mundo lo contemplaba horrorizado, excitado, y deseoso de visitar el Laberinto. En ese primer día sólo hubo cuatro avispados que animados por el anuncio de Agripa “hay una salida en el extremo opuesto de la entrada”, se armaron de respectivas brújulas con las que trataron de seguir en línea recta por los confusos pasillos de piedra maciza, revestidos en hormigón y sustentados en sus extremos por estructuras de hierro. De esos cuatro, tres encontraron la salida, el otro fue aplastado por una multitud enloquecida. Esos tres dieron con la puerta de escape al mismo tiempo y se asustaron al ver que la salida no estaba al nivel del suelo, sino que el corredor descendía al ténue inframundo. Se plantearon volver a la entrada, aunque tras ver cómo los locos perdidos despedazaron al cuarto de cuantos portaban brújula, y saber a ciencia cierta que cada hora entraban miles y miles de locos al laberinto, creyeron que tenían que seguir adelante. Agripa les había omitido a todos que no podía escaparse por la entrada, no era posible la marcha atrás, porque unos clavos de dos metros emergían del suelo cuando alguien lo intentaba. Muchos lo intentaron y quedaron ensartados unos segundos hasta que se replegaron los clavos. No se consideraba un psicópata Agripa, pero no creía que fuese jugar limpiar intentar salir por la entrada. Los tres que cruzaron la salida, entraron a un nuevo laberinto subterráneo, escarbado en la propia roca. Lloraron, se despesperaron, y se resignaron a perderse entre los nuevos pasillos pedregosos. Cuando se dieron a conocer las atrocidades que en el Laberinto de Agripa acontecían, éste fue condenado a muerte. Se vieron obligados los legisladores a cambiar sus normas y códigos para incluir un artículo que sólo permitiera la pena de muerte para aquella persona que tuviera exactamente las mismas características que Agripa. Es decir, inventaron la pena de muerte sólo aplicable a él, a Agripa Agulló Aranda, para ejecutarle así de forma legal y aleccionadora. Durante el juicio previo nada dijo en su defensa el arquitecto, sin embargo explicó que el Laberinto como tal no es un sino la puerta de entrada a una red de laberintos del subsuelo que hace años descubrió su padre. Agripa pasó su vida comunicando esos laberintos por el subsuelo que se extendían unidos por todos los continentes terráqueos, también bajo los mares y océanos. Detalló que un laberinto no tiene como función, como se ha creído tradicionalmente, proteger algo valioso del resto de la humanidad, sino por lo contrario, permitir que sólo unos pocos afortunados bendecidos por algún tipo de don divino, sean capaces de acceder a un tesoro que, justo por poseer esa virtud, les pertenece. Para hacerlo entendible propuso la metáfora de la carrera de espermatozoides en un camino lleno de obstáculo para consumar la procreación, cuyo objetivo es que sólo llegue el mejor al destino. En este caso, prosiguió, en su laberinto de laberintos, quien los atraviese, llegará al centro, antes que al extremo final, pues la tierra es redonda. Y una vez allí dará con el más valioso tesoro de la humanidad, una inscripción grabada en una pared. En esa escritura se hallan no las respuestas, sino las preguntas, todas las preguntas trascendentes que un hombre debe conocer. Las respuestas no fueron escritas, porque quien haya logrado superar todos esos laberintos ya las conocerá, pero de nada le hubieran servido sin tener las preguntas correctas. Dicho eso, nunca más habló Agripa hasta ser ejecutado con el garrote vil. Se propagó el rumor de sus últimas palabras, de su anuncio sobre la promesa de alcanzar todo el conocimiento humano trascendente, y con así miles de personas de todo el mundo siguieron procesionando para entrar al laberinto y perecer en él. Ni siquiera las autoridades pudieron detener a las masas de gente incontroladas en busca de la felicidad, la vida eterna, la juventud, el amor, la venganza, y todos sus sueños. Sólo una persona alcanzó, tras dos años caminando entre laberintos, el final del recorrido. Se había quedado ciego en ese tiempo. Tuvo que palpar la inscripción en la roca para comprender los interrogantes. Se trataba de oraciones escritas en latín, griego, mandarín, inglés y castellano. Leyó todas las preguntas. Como había sido predicho tenía la respuesta para todas ellas. Ese tesoro conceptual le dio la felicidad por un breve periodo de tiempo, justo el tiempo que tardó en comprender que para gozar esas respuestas tendría que salir del laberinto de laberintos. Dedujo que si había una entrada, y un centro que cobijaba el tesoro, tendría que haber una salida. Pasó tres años más caminando, bebiendo aguas subterráneas, alimentándose de la tierra y las raices y sosteniendo su cordura hablando consigo mismo y practicando ejercicios de memoria, pero dio con la salida. Un gran arco de luz se abría ante él, y salió sonriente al laberinto sin paredes, el desierto de Egipto, en donde lloró, porque en sus ejercicios de memoria, había olvidado recordar no las preguntas, sino las respuestas, y allí mismo murió.