miércoles 26 de octubre de 2011

Principio para un cuento fantástico

Una mañana del año tres mil cincuenta y dos una muchacha, Claudia Washington, llegaba a las titánicas puertas del edificio Nefertiti, en el centro de negocios Egipto. Este barrio de lujosos e imposibles rascacielos de cristal, se alzaba sobre la base de la pirámide invertida cuyo cono reposaba en la cúspide de un monte de los Pirineos.
Claudia atravesó el umbral achicada por las descomunales dimensiones del edificio, nerviosa por la entrevista que le aguardaba, y aferrándose a aquel reloj que su último novio (aquel trasgo que trabajaba de comercial en una agencia de seguros) le había regalado con motivo de su cumpleaños. El regalo le había encantado, y por ello, de inmediato, rompió con él.
Una inusual recepcionista atendió a Claudia y la invitó a pasar a la sala de espera antes de ser atendida. Entró a la estancia, la puerta se quedó entornada. En el interior de la sala, acomodado en un sofá asimétrico de piedra y hierro, había un hombre que la miraba desafiante.
Sala de espera
Se trataba de Claudio Nueva Orleans, un rubio barbudo y trajeado que parecía aspirar al mismo puesto de trabajo. ¿Habrá más candidatos? ¿O sólo seremos nosotros dos? En este último caso, conseguiré el empleo. Pensaba él para sus adentros.
Llevaba diez años en el desempleo y por este motivo estaba nervioso, expectante, ansioso cual perro ante un plato de exquisita comida, pues la extraña oferta de trabajo prometía un eterno futuro en un cambiante e incierto futuro.
Tras siete horas de desesperante espera, la muchacha miró al hombre, que arqueó las cejas.
Claudia no dejaba de juguetear, nerviosa, con su flamante nuevo reloj, un dispositivo futurista desfasado y retro cuya aplicación permitía, además de conocer la hora, efectuar astrales viajes a otros tiempos y espacios pasados, como el que en estos momentos Claudia había llevado a cabo para acceder al puesto de trabajo, pues ella, en verdad, pertenecía al año tres mil cincuenta y ocho.
El hombre, Claudio, extrajo un dispositivo portátil y, a viva voz, releyó las características de la oferta de empleo:
-Buscamos a dos personas desempleadas, sin experiencia, con movilidad geográfica e infinita paciencia para desempeñar tareas relacionadas con el estudio de campo en un laboratorio sociológico. Se ofrece alojamiento, sustento y empleo fijo de por vida. Se requiere seriedad y compromiso en la vigilancia y gestión de una sala formada por cuatro paredes, un par de sofás una mesita, un techo y un suelo.
En ese instante, como con una súbita comprensión, hombre y mujer se miraron. Parecían haberlo comprendido todo, y se levantaron de sus asientos. La muchacha se dirigió a la puerta.
A.B.

Final para un cuento fantástico, I.A. Ireland
-¡Qué extraño!- dijo la muchacha avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada!
La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! - dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos han encerrado a los dos!
-A los dos no. a uno sólo- dijo la muchacha.
Pasó a través de la puerta y desapareció.

En esta ocasión, como ejercicio de estilo o divertimiento, me he dedicado a escribir el principio que imagino para el brillante final que escribió I.A. Ireland. Si a ti se te ocurre algún otro principio, te animo a que lo publiques como un comentario. A.B.